7,5/10
Spotify tiene una playlist que se llama Chill Vibes. Otra se llama Rich Popular Girl. Otra, Jazz in the Background. Las tres existen para decirte cómo sentirte antes de que hayas escuchado una sola nota. Kim Gordon abre PLAY ME (2026, Matador) recitando esos nombres sobre un loop de saxofón y una base de trip hop, y remata con el slogan que la plataforma le lanza al usuario: «Play me, feel free». El título del disco toma ese imperativo directo –play me, reprodúceme, ponme– y lo devuelve como pregunta. ¿Libre de qué, exactamente, si alguien ya eligió por ti?
El disco llega dos años después de The Collective (2024), el álbum que instaló a Kim sobre beats de trap con una convicción que cortó cualquier lectura condescendiente del experimento. Si aquel trabajo tenía una columna vertebral de noise-rap industrial reconocible, PLAY ME –producido nuevamente por Justin Raisen– abandona el género claro.
Doce canciones que no superan los tres minutos, treinta en total. «Queríamos que las canciones fueran cortas», dijo Gordon. «Es más enfocado, y quizás más confiado». La brevedad no es renuncia: es el método.
“DIRTY TECH” es el punto de mayor densidad. Trip hop con texturas industriales, scratches de vinilo, bajo que mastica. Kim Gordon le habla al «dirty tech boss» en un tono que mezcla seducción y condena, y el efecto es la paradoja que busca: la canción es adictiva, bailable, construida con los mismos recursos que critica.
“BLACK OUT” lleva ese gesto más lejos: la voz repite «AI, AI» hasta que el Auto-Tune la convierte en algo que suena a sistema, no a persona. “POST EMPIRE” es el punto más oscuro, con feedback armónico sobre letras que orbitan las desapariciones forzadas, y una mezcla de sub-bajos y 808s diseñada para sentirse antes de procesarse.
El disco también tiene desvíos que le dan aire. “NOT TODAY”, el primer single, es distinto a todo lo demás: guitarras que destellan sobre tambores motorik de raíz krautrock, con una entrega vocal que la acerca más a PJ Harvey que a cualquier cosa que haya grabado en sus discos solistas anteriores. Line of Best Fit la describió como uno de los mejores momentos de Gordon en toda su carrera, y es difícil discutirlo: es el único punto del disco donde la emoción se cuela sin que el concepto la contenga.
“BUSY BEE”, con Dave Grohl en batería procesado hasta hacerse irreconocible, abre con un fragmento de audio de los noventa. Es Gordon y su excompañera de Free Kitten, Julia Cafritz, conduciendo el Beach House de MTV. La nostalgia dura unos segundos. Luego la trituran.
El cierre, “BYEBYE25!”, reescribe el tema que abría The Collective con el vocabulario que la segunda administración Trump ha intentado borrar del discurso público. «Diversity», «transgender», «Hispanic», «female». Kim Gordon los enumera en voz alta. No es un gesto sutil, pero a estas alturas del disco tampoco necesita serlo.
PLAY ME no es un disco cómodo, pero sí es un disco preciso: Gordon acepta las reglas del algoritmo –canciones cortas, ritmo constante, nada que sobre– y las usa para decir exactamente lo que el algoritmo no puede decir. El «feel free» del estribillo inicial, al final, ya no suena a invitación. Suena a trampa descubierta. ●
