Megadeth – ‘Megadeth’

Portada del álbum homónimo de Megadeth

7/10

Hablar de Megadeth no es hablar solo de una banda. Es hablar de una institución, de un gigante musical y, en mi opinión, del estándar de calidad técnica más alto dentro del denominado ‘Big 4’ del thrash metal (junto a Metallica, Slayer y Anthrax). Dave Mustaine –su gestor y rostro desde 1983– no solo moldeó un estilo, sino que lo perfeccionó a base de riffs complejos y una actitud de genio controvertido. Por eso, recibir el álbum homónimo de la banda, Megadeth (2026, BLKIIBLK Records) –el decimoséptimo y último de su carrera– se siente menos como un lanzamiento comercial y más como el cierre de un capítulo histórico en la música heavy.

La portada ya nos da la primera pista de por dónde van los tiros: Vic Rattlehead, popular ‘mascota’ de la agrupación, envuelto en llamas. No es un arte sutil, pero Megadeth nunca lo ha sido. Visualmente parece representar el acto final de la destrucción antes del silencio. Es una imagen que grita «hasta aquí llegamos», pero con la promesa de irse haciendo ruido. Y vaya que lo hacen.

Al adentrarnos en la producción, mi lado obsesivo con la mezcla entra en conflicto. El álbum tiene una dirección clara: sonar crudo y directo, un golpe en la cara. No obstante, hay un elefante en la habitación (o más bien, un bajista ausente en la sala de control). James LoMenzo es un músico de un calibre impresionante, pero –en la mezcla final– el bajo es casi inexistente. Como productor, sabes que el bajo y la batería son la espina dorsal de cualquier tema, el cimiento sobre el que se construye todo el tema. Aquí, esa columna vertebral se siente un poco fracturada. Si recordamos la presencia que tenía el bajo en la era de Dave Ellefson, esta ausencia de graves definidos hace que las guitarras, por momentos, suenen menos agresivas.

Sin embargo, donde el bajo se esconde, la batería brilla. El trabajo de Dirk Verbeuren es, sencillamente, el motor del disco. La producción aquí tomó una decisión brillante: usar una drummer’s perspective en el estéreo (es decir, que escuchemos lo mismo que escuchó el baterista al grabar). Al usar audífonos, la sensación es la de estar sentado en el banco de la batería, con los toms y platillos moviéndose de un lado a otro con una dinámica que dialoga perfectamente con los riffs. Es un deleite técnico que impulsa la sección rítmica.


El disco arranca y se sostiene con highlights muy claros. Canciones como “Tipping Point” y “Made To Kill” nos muestran a un Mustaine que, lejos de estar cansado, parece estar divirtiéndose. Los riffs son marca de la casa: rápidos y con esa compresión característica. Pero es en “Puppet Parade” donde realmente pisan el acelerador (no en cuanto a velocidad, sino en cuanto a calidad). Es uno de los mejores cortes del álbum, con un sonido que te hace olvidar que estos tipos llevan 40 años en la carretera. También destacan “Let There Be Shred” y “Obey the Call”, que cumplen con la cuota de virtuosismo que uno exige al ver el logo de Megadeth en la carátula.

Mención aparte merece Teemu Mäntysaari. Su llegada a la guitarra solista trajo una precisión destacable. Teemu es una máquina: sus solos son impecables, aunque esa perfección no siempre se traduce en velocidad de ejecución, que suele ser un punto clave del sonido de la agrupación.

Y llegamos al momento polémico: el cover de “Ride The Lightning”. Desde una perspectiva comercial, es una jugada maestra de marketing: Dave Mustaine ‘recuperando’ la canción que coescribió con Metallica para cerrar su ciclo. Sin embargo, artísticamente… es complicado. La nostalgia juega un papel fuerte, pero la falta de peso en la mezcla (nuevamente, el bajo desaparecido) hace que la canción pierda la contundencia que la composición exige. Es un statement necesario para la historia de Dave, aunque no es el punto alto del disco que parecía.

La voz de Mustaine, por otro lado, hay que entenderla en su contexto. No podemos pedirle los agudos de Rust in Peace (1990) tras años de giras y superar un cáncer. Sin embargo, su voz se sostiene sorprendentemente bien. Ese raspado comprimido, ese tono cínico y agresivo, le da el sonido que uno reconoce de discos previos, y que ninguna técnica operística podría reemplazar. Suena honesto, suena a él.

El cierre oficial del disco (sin contar el cover de “Ride the Lightning”)  llega con “The Last Note”, y aquí es donde el productor se calla y el fan toma el control. Esta es una canción que uno tiene que escuchar con la letra al lado. Es una oda solemne, un saludo final. Cuando Dave canta «One last night before the silence falls, one last chord to echo through these walls», es imposible no emocionarse. La frase «Then let this last note never die» es un golpe directo al corazón. Busca ser un apretón de manos con cada persona que compró una entrada o un disco en las últimas cuatro décadas.

En definitiva, ya sea que se le apode ‘White Album’, Megadeth o simplemente ‘el disco homónimo’, este trabajo final cierra el círculo. Quizás no para los críticos que buscan una reinvención de la rueda, ni para el público casual que buscan el nuevo ‘mejor disco’. Sino, para tener un adiós adecuado. Todo siempre puede ser mejor, pero Megadeth se va bajo sus propios términos. Con fuego, velocidad y una última nota que, esperemos, nunca muera. ●


Escucha Megadeth (2026) por Megadeth:

Miguel Torralba García

Miguel Torralba García

Estudiante de Music Business en Berklee College of Music, con experiencia como productor y cantante. Fundador de la plataforma The Sound Ledger, dedicada a la investigación académica centrada en la música. Posee experiencia laboral en programas de reclutamiento a nivel global.

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