Angine de Poitrine – ‘Vol. II’

Angine de Poitrine en la portada de Vol.II

8/10

Siete millones de reproducciones en dos meses. Entradas revendidas a quinientos dólares. Dave Grohl confesando que no sabe cómo explicar lo que acaba de ver. Y en el centro de todo, dos figuras con enormes cabezas de papel maché, narices grotescas y trajes de lunares blanquinegros que no hablan francés ni inglés sino un idioma inventado que solo ellos entienden.

Angine de Poitrine –Khn a la guitarra microtonal de doble mástil, Klek a la batería– son el accidente más hermoso del rock en 2026: un dúo de Saguenay, Quebec, que empezó como broma (necesitaban disfrazarse para repetir fecha en el mismo local y que no los reconocieran) y que hoy agota salas de Toronto a Tokio con suites instrumentales que desafían toda lógica comercial. Su sesión viral en KEXP hizo lo que ninguna campaña de marketing podría: convertir la microtonalidad y las métricas asimétricas en tema de conversación masiva. Vol. II (2026), su segundo disco, no administra ese fenómeno. Lo profundiza.

El álbum no intenta domesticar la fórmula para un público nuevo. Sus seis temas –37 minutos, sin un solo corte por debajo de los cuatro– son suites instrumentales hostiles a cualquier grilla radial, construidas sobre una guitarra de doble mástil con trastes microtonales que Khn ensambló a mano (literalmente, con una sierra) y la batería telepática de Klek, cuya precisión oscila entre lo mecánico y lo orgánico con la soltura de quien lleva veinte años tocando con la misma persona.

Si Vol. 1 (2024) fue la presentación del concepto, Vol. II es su consolidación: los surcos son más ajustados, las estructuras más extrañas, y la tensión entre virtuosismo y humor se sostiene con un control que el debut apenas insinuaba.

“Fabienk”, el corte más accesible del disco y el single que llegó al top 50 global de Shazam, abre con un groove rebotante y polirrítmico que escala en capas de loops hasta convertirse en algo parecido a un himno de fiesta para una civilización que aún no existe. Las vocalizaciones –aullidos guturales, gritos que orbitan entre el throat singing y el alarido punk– aparecen con más frecuencia que en el debut, integradas como textura rítmica más que como melodía. Es la puerta de entrada obvia, pero también una trampa: lo que viene después no hace concesiones.

“Mata Zyklek” introduce un riff central narcótico y circular que se resiste a abandonar la memoria. Mientras Klek construye debajo un groove que evoca tanto la ingeniería cinemática de King Gizzard & The Lizard Wizard como la densidad rítmica del funk deconstruido de Battles. “Sarniezz”, el tema más breve, comprime la fórmula a su esencia. Es un dron hipnótico sobre el motor bajo-batería que oscila entre un swing culto y un minimalismo casi cavernario.

“UTZP” es, tal vez, el momento más arriesgado del disco. Arranca sobre un beat de polka a doble tiempo con melodías microtonales que evocan el klezmer y la psicodelia anatolia, muta hacia un jam alucinatorio que recuerda simultáneamente a los primeros Black Country, New Road y a un grupo de Habibi Funk. Cierra con una sucesión de falsos finales que, al décimo segundo play, siguen funcionando.

“Yor Zarad” despliega los riffs más directamente adictivos del álbum sobre un trabajo de caja y platillo en staccato que funde la precisión técnica con el ímpetu físico del thrash. Y “Angor”, el cierre, baja el tempo hacia una marcha lenta y tensa que se disuelve en un silencio abrupto –como una supernova que implosiona–. Repite así el gesto del final de Vol. 1 con una intencionalidad que, si no convence del todo como cierre de álbum, sí lo hace como declaración estética: Angine de Poitrine no cierra donde uno espera.

El disco tiene una limitación concreta y vale señalarla. Escuchado de corrido, los seis temas comparten un motor rítmico y un vocabulario tímbrico lo suficientemente consistentes como para que la segunda mitad roce una cierta circularidad. No hay un quiebre dinámico real, no hay silencio, no hay canción que opere desde otro registro emocional. Es una decisión deliberada –la coherencia como identidad–, pero también un techo que el dúo deberá decidir si rompe o asume como límite expresivo.

Lo extraordinario de Vol. II no es solo la música. Es la demostración de que la microtonalidad –esos tonos que duermen entre las teclas del piano– puede generar euforia colectiva. Que un disco sin letras comprensibles, sin acordes convencionales y sin rostros visibles puede agotar entradas de Toronto a Tokio. Que el algoritmo, contra toda lógica, puede amplificar lo genuinamente raro. Angine de Poitrine tocan mejor que casi cualquiera, y lo hacen detrás de un pedazo de cartón. La pregunta ahora –la única que importa– es hasta dónde pueden llevar un lenguaje que, por definición, no tiene traducción.●


Escucha Vol. II (2026) por Angine de Poitrine:

León Santillán

León Santillán

Lima, 1994. Periodista. Me dedico a la crítica musical: ese noble arte de opinar con seguridad sobre lo que otros hacen con talento. Si suena raro, lo llamo experimental; si no me gusta, digo que es “interesante”.

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