6/10
Oscar Wilde alguna vez escribió que la máscara que usamos revela más de lo que oculta. Morrissey lo sabe desde hace cuarenta años y ha hecho de esa paradoja el combustible de toda su carrera. Pero en 2026, cuando el hombre que escribió “There Is a Light That Never Goes Out” llega con su decimocuarto álbum solista tras seis años de silencio discográfico, batallas con sellos, polémicas políticas acumuladas y un disco –Bonfire of Teenagers– que nunca vio la luz, la pregunta no es si la máscara revela algo. La pregunta es si aún hay algo detrás.
Make-Up Is a Lie (2026) llega envuelto en su propia historia de obstáculos: grabado originalmente en La Fabrique Studios, en el sur de Francia, con el título provisional Without Music the World Dies, renombrado, parcialmente regrabado, y finalmente lanzado por Sire Records —el sello que alguna vez distribuyó a los Smiths— luego de que ninguna major se mostrara dispuesta a apostar por él. Que el disco exista es, en cierto modo, ya un acto de voluntad. Que valga la pena escucharlo es otra conversación.
Joe Chiccarelli, productor de los últimos cinco trabajos de Morrissey, tomó aquí una decisión que cambia el tono del álbum entero: la voz respira. Donde discos como Low in High School (2018) cargaban las mezclas hasta el ahogo, Make-Up Is a Lie tiene aire. El resultado es un Morrissey que suena, en sus mejores momentos, como alguien que aún puede sostener una canción sin necesitar que el arreglo lo sostenga a él.
“You’re Right, It’s Time” abre con esa promesa: alt-rock de los ochenta, guitarras que centellean, y una melodía coral que recuerda, por un instante, por qué este hombre tuvo sentido alguna vez. Que el primer verso empiece con una queja sobre la adicción a las pantallas y la censura no es una sorpresa. Que la música lo soporte de todas formas sí lo es.
El problema estructural del álbum emerge en su segunda mitad. Las primeras cinco canciones sostienen una coherencia que el disco luego abandona. “Notre-Dame” es el caso más ruidoso: una pieza de disco-pop con una melodía genuinamente infecciosa y arreglos de teclas que serían el punto alto del disco si no estuvieran al servicio de insinuar que el incendio de la catedral en 2019 fue un acto deliberado. Es el tipo de contradicción que define al Morrissey tardío: buena música para una idea repugnante.
“Zoom Zoom the Little Boy” y “The Night Pop Dropped” son los momentos donde el disco se tropieza sin llegar a caer. Pero en los que queda claro que sin Johnny Marr del otro lado nunca habrá un gancho que se instale para siempre. El cover de “Amazona” de Roxy Music —una rareza del Stranded de 1973— es un ejercicio de reverencia que aplana exactamente lo que la original tenía de extraño y peligroso.
Lo más honesto del álbum aparece cerca del final. “Lester Bangs” convoca al crítico de rock más caótico y vital de los setenta –el mismo que escribió sobre los New York Dolls y Roxy Music como si la música fuera una cuestión de vida o muerte– con una melodía contenida y referencias que incluyen a Allen Ginsberg. Hay algo de autorretrato oblicuo en esa elección: Bangs también era una figura que se destruía a sí misma en público.
“Many Icebergs Ago”, coescrita con el tecladista Gustavo Manzur, es oscura y celta. Con un pulso que recuerda más al post-punk atmosférico que a cualquier cosa que Morrissey haya hecho en años. Y “The Monsters of Pig Alley” cierra el disco con la única canción que podría pasar, sin demasiado esfuerzo, por algo firmado por los Smiths: sing-along, guitarras vivas, el fantasma de Marr presente aunque ausente.
Make-Up Is a Lie no es el desastre que algunos esperaban ni la reivindicación que los devotos necesitaban. Es algo más incómodo: un disco de momentos reales rodeados de lastre ideológico. Donde la distancia entre lo que Morrissey puede hacer musicalmente y lo que elige hacer líricamente nunca fue tan visible. La máscara, al final, no revela nada nuevo. Solo confirma que sigue ahí, pegada a la cara, mientras la música debajo de ella todavía pulsa. ●
