7/10
En septiembre de 2025, Harry Styles corrió la Maratón de Berlín bajo el nombre Sted Sarandos. Gafas de sol, ropa sin logos, inscrito como cualquier otro. Si no sabías buscarlo, se perdía entre los miles de corredores. Terminó en 2:59:13, en el cinco por ciento más rápido de la carrera. Nadie lo paró en el camino. Kiss All the Time. Disco, Occasionally (2026, Columbia/Erskine) suena exactamente a eso: a alguien que aprendió a moverse sin que todos lo estén mirando.
La referencia en el título no es casual ni decorativa. Hay disco aquí, sí, pero no la exuberancia del Studio 54 sino algo más cercano a las tres de la mañana en una pista berlinesa: luces estroboscópicas, un bajo que pulsa antes de que llegue la melodía, el cuerpo como instrumento de olvido temporal.
La apertura con “Aperture” –valga la redundancia; número uno en el UK y en el Billboard Hot 100– establece el tono con una arquitectura que debe más a LCD Soundsystem que a cualquier cosa que Styles haya grabado antes: construcción electrónica, tensión contenida, un estallido que se posterga. Es el pop de alguien que aprendió a disfrutar la espera.
Lo que sigue es el disco más exploratorio de su carrera. “Ready, Steady, Go!” construye su energía sobre un bajo elástico que recuerda al primer Metronomy; “Are You Listening Yet?” combina bombos marciales –del baterista Tom Skinner, de The Smile y Sons of Kemet– con trompetas y una voz hablada que guiña hacia el post-punk y hacia Wet Leg, la banda que alguna vez abrió sus shows y claramente dejó huella.
“Coming Up Roses” –presentada en uno de los conciertos londinenses de Fred Again..– abandona los sintetizadores para entregarse a cuerdas de vals con pizzicato. Ellie Rowsell, de Wolf Alice, aparece como voz de apoyo en tres canciones y aporta exactamente la fricción que el universo vocal de Styles necesitaba: algo que no cede.
El disco también es el más honesto en términos de postura. Después de Harry’s House (2022), un álbum que se leía inevitablemente a través del ruido de su vida pública, este trabajo propone otro contrato con el oyente. Las letras son diario, pero diario cifrado: en “Pop” admite «I wanted to behave / But I know I’ll do it again» con la misma parsimonia con que podría estar hablando de cualquier cosa.
La opacidad no es evasión sino decisión. Harry Styles parece escribir en plena conciencia de la obsesión actual por descifrar canciones en busca de detalles privados sobre la vida de los artistas. No te molestes. Es la única actitud coherente para alguien que pasó un verano en Italia aprendiendo a sentarse a tomar un café sin que eso también fuera noticia.
Hay momentos donde el tono apagado pasa la factura. “American Girls” funciona pero palidece frente al resto del tracklist. “The Waiting Game” y “Paint By Numbers” respiran pero no siempre se quedan. El álbum opera en una paleta contenida que, en su mejor versión, produce la intimidad de “Season 2 Weight Loss” –breakbeat espectral, sintetizadores analógicos– o la euforia precisa de “Dance No More”, donde el House Gospel Choir convierte una canción sobre perderse en la pista en algo genuinamente liberador.
El cierre se titula “Carla’s Song”: voz flotando sobre un pulso electrónico amplio como una plaza romana al amanecer. Es lo más cerca que Harry Styles ha estado de declarar, sin aspavientos, qué clase de artista quiere ser. No la figura diseñada para que todos se vean reflejados, sino alguien que corre bajo un nombre falso y llega a la meta igual. ●
