8/10
Hay algo en la India que funciona como un espejo. Desde los días en que George Harrison regresó de su inmersión espiritual en la década de 1960, tras sumergirse en la filosofía hindú y estudiar con Ravi Shankar, con una visión que terminaría impregnando la etapa más psicodélica de The Beatles y filtrándose en la psicodelia expansiva de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), el viaje al subcontinente pasó a ser un rito de iniciación. Medio siglo y un poco más después, Gorillaz retoma ese gesto, sin nostalgia y mirando hacia adelante, con una reinterpretación tecnicolor de la muerte que han titulado The Mountain (2026, Kong).
Y entonces el mito se cumple: el Manifiesto original de 1999, escrito por Jamie Hewlett y Damon Albarn cuando compartían piso, decía que ‘Russel Hobbs’ –el gorila que se sienta detrás de la batería en la banda virtual– podía invocar las voces de músicos muertos. Ese momento, finalmente, ha llegado.
La India, dicen quienes vuelven, te deja una resonancia que se queda contigo y te persigue. «Estás inmediatamente inmerso en miles de años de actividad espiritual, rituales, amaneceres y atardeceres… quizá algo se te impregna y quizá algo también te persigue», explicó Albarn a Rolling Stone. Esa doble idea, impregnación y persecución, es la que termina cohesionando el disco. Un intento de orientación después de perder a alguien, porque lejos de encontrar respuestas, solo se puede encontrar una dirección.
The Mountain nace tras pérdidas personales profundas: Albarn perdió a su padre; diez días después, Jamie Hewlett perdió el suyo. Y con ello sucedió algo que terminó de cerrar el concepto del álbum: ambos volvieron a compartir el mismo espacio físico tras años de creación a distancia, luego de que Hewlett se mudara a Francia después del lanzamiento de Plastic Beach (2010).
En palabras de Albarn, fue una especie de «renovación de votos». Con ese reencuentro, los dos sabían exactamente hacia dónde apuntar creativamente. El resultado son 15 canciones de conexión intercultural consciente, con un guiño político intencional y voces contemporáneas junto a otras que ya no están.
El disco abre con el track homónimo, “The Mountain”, un portal instrumental de atmósfera índica, casi meditativa. Desde el inicio se insinúa la dimensión espectral del disco. Están los ecos de colaboradores y amigos orbitando el álbum. Aparecerán las voces y presencias de los fallecidos Dennis Hopper, legendario actor que partió en 2010, Mark E. Smith, Bobby Womack, David Jolicoeur, Proof y Toni Allen.
Y también las de los aún terrenales Idles, Bizarrap, Johnny Marr, Sparks, Paul Simonon, Jalen N’Gonda, Black Thought, Omar Souleyman, Yasiin Bey, Trueno, Ajay Prasanna, Kara Jackson y Anoushka Shankar, hija de Ravi, el maestro de Harrison. Es la materialización del Manifiesto de 1999, con ‘Russel’ y Gorillaz invocando a vivos y muertos.

La apertura continúa con “The Happy Dictator”, el sencillo principal donde colabora el dúo sesentero Sparks, que se mueve entre el brillo y la ironía política. Es luminosa, pero intrigante. Hay algo deliberadamente retro en su construcción vocal, pero sin perder frescura. Albarn, ya en su etapa de maestro, prolífico, omnipresente y colaborativo hasta el exceso, vuelve a inspirarme la misma pregunta: ¿todavía es posible sostener el sonido de Gorillaz sin diluirlo? En medio de tantas voces, ¿se pierde la identidad o se expande? En esta canción, al menos, el equilibrio se mantiene.
No obstante, “The Hardest Thing” es el corazón espiritual del álbum. La instrumental –sostenida en parte por el compositor nigeriano y arquitecto del Afrobeat, Tony Allen– combina texturas hindúes con un pop pulido y contenido. La voz de Albarn surge y permanece flotando sobre la influencia rítmica de Allen, que resuena como un eco introspectivo. Como un fantasma que te persigue en la ausencia.
“The Orange County” reúne por tres minutos y medio a Bizarrap, Kara Jackson y Anoushka Shankar. Aunque incluye sonoridades deliberadamente melosas, su lírica resume el concepto detrás de The Mountain: «Lo más difícil es decir adiós a alguien que amas». Ese verso condensa el duelo, la claridad posterior y el viaje intercultural que el disco convierte en aceptación.
En “The God of Lying”, IDLES aporta toda su personalidad y carácter, gracias a una instrumentación con esencia hindú. Una mezcla compleja que aquí se siente orgánica.
Por otro lado, en “The Manifesto” la complejidad escala. Con la participación del argentino Trueno, se nos presenta un viaje progresivo de más de siete minutos. Un abrazo intercultural en el sentido más literal: Latinoamérica apuntalando la espiritualidad hindú que hoy abraza Gorillaz desde el Reino Unido, y los versos póstumos del rapero Proof, ex colaborador de D12. Presente y memoria compartiendo el mismo plano: un track que globaliza el sonido y une geografías, tiempos y lenguas.
“Delirium” consolida el clímax. Es el momento donde el viaje se vuelve tecnicolor y caleidoscópico. Cautiva, a través de la imponencia del desaparecido Mark E. Smith (The Fall), y nos deja la sensación de haber atravesado dimensiones. Así, el álbum encuentra su punto más alto en la cima de esta montaña metafórica.
Todo culmina en “The Sad God”. Un cierre doloroso y reflexivo, con la necesaria instrumentación de Anoushka Shankar y Ajay Prasanna y el peso vocal del rapero Black Thought, recordado líder de The Roots. El viaje termina aquí, suspendido entre el duelo y la contemplación. En un dolor intacto, en el aire, como último gesto del álbum.

Damon Albarn insiste: «No obtengo ningún placer de mirar atrás en nada». Y, sin embargo, The Mountain es un disco que dialoga constantemente con el pasado. Con los muertos, con el manifiesto original de sus inicios. Con las fracturas que quedaron post-Plastic Beach; e incluso con las sombras de sus temas no terminados. La diferencia es que Gorillaz no lo hace desde la nostalgia, sino desde la transformación.
A veces, hay momentos donde la identidad se difumina. Pero quizás esa sea la tesis del álbum: la identidad no es una forma fija, es una montaña que se escala desde distintos puntos culturales, espirituales y sonoros. Unidos.
The Mountain no es un regreso triunfal más ni una reinvención. Es algo más complejo, un duelo contemplativo, un viaje intercultural que transforma la pérdida en colores. Un trabajo que nos recuerda que lo más difícil no es experimentar, ni complicarse en conectar culturas, idiosincrasias, tiempos o generaciones.
Lo más difícil es decirle adiós a alguien que amas. ●
