8/10
Secret Love (2026, 4AD) se siente como la expresión más concreta, hasta ahora, de las amistades que sostienen a Dry Cleaning: Florence Shaw, Tom Dowse, Nick Buxton y Lewis Maynard. Con esa confianza como motor, el cuarteto del sur de Londres entra de lleno en la vanguardia del rock: paranoia punk ochentera, stoner rock, degradación distópica, no wave ‘juguetón’ y hasta fingerpicking pastoral, todo alineado sin pulir sus bordes.
El disco llega como sucesor de New Long Leg (2021) y Stumpwork (2022), pero su historia es menos lineal. Empezó en salas de ensayo en Peckham, con los cuatro escribiendo y respondiéndose en el mismo cuarto, y creció por estaciones. Hubo sesiones en The Loft, el estudio de Jeff Tweedy en Chicago. Otras en Sonic Studios, Dublín, con Alan Duggan y Daniel Fox de Gilla Band ‘metiendo mano’ con influencia industrial; y el cierre con Cate Le Bon en Black Box, en Francia, tras decidir que la solución era recomenzar desde cero.
Ese impulso de reinicio también se entiende por contexto. En la primavera de 2024 celebraron la reedición de sus EPs en clubes pequeños de EE.UU. y Europa. En el otoño abrieron estadios europeos para Nick Cave, con el vértigo de sonar “en grande” sin volverse grandilocuentes. Secret Love absorbe esa expansión, pero la aterriza en decisiones de arreglo: aquí música y letra van como una sola cosa, inseparables.
En lo musical, el disco administra espacio con inteligencia. La apertura, “Hit My Head All Day”, funciona como manifiesto: un pulso art-rock que coquetea con funk fantasmal y gestos a lo Remain in Light de Talking Heads. También hay lugar para el minimalismo guitarrero, como en “Blood”. Y para que las guitarras vayan abriendo paso a la voz de Florence, que narra historias a medida que avanza el álbum. En “Evil Evil Idiot”, los bajos pesados no solo empujan la tensión: ayudan a posicionar su voz en el centro del estéreo. Casi como un foco fijo ante un fondo que se retuerce.
Cuando parece que todo se vuelve demasiado sombrío, aparecen giros que no rompen la estética. “The Cute Things” instala un entorno más festivo, con líneas más bailables y un empuje inmediato, pero la instrumentación vuelve a aterrizarlo en terrenos más post-punk, más nocturnos. Con sus riesgos y su cohesión ganada a golpes de regrabación, probablemente sea el mejor disco a la fecha de Dry Cleaning. Más amplio, más seguro y, al mismo tiempo, igual de raro. ●

